Una fascinante criatura marina localizada en las aguas del Caribe ha revolucionado las bases de la biología actual debido a su letal capacidad de transformación. El microorganismo, identificado por los científicos como Euplotes gigatrox, consigue alterar su estructura molecular por completo con el único propósito de perseguir y fagocitar a los miembros de su propia colonia. Este insólito hallazgo científico ha sido difundido a través de la prestigiosa revista norteamericana Proceedings of the National Academy of Sciences.
El descubrimiento de este diminuto ser vivo se produjo de manera accidental en los entornos costeros de la isla de Curaçao, concretamente en el interior de un sistema de filtrado de agua marina. Tras su traslado y posterior cultivo en los laboratorios del Instituto Politécnico Rensselaer, un equipo internacional de expertos liderado por el biólogo Ben T. Larson observó un comportamiento de canibalismo que desafía todo el conocimiento previo sobre la evolución de las células simples.
Bajo una situación ambiental ordinaria, este diminuto cilio se comporta como un espécimen pacífico de unos 54 micrómetros de longitud que se desplaza de forma helicoidal mientras filtra bacterias. Sin embargo, la rutina biológica de la colonia cambia de forma drástica cuando la población se estabiliza y las fuentes tradicionales de nutrientes empiezan a escasear en su entorno. En ese instante de crisis, una facción de la comunidad que no supera el 5% activa una espectacular metamorfosis celular.
Mutación en depredador
Los ejemplares que inician este proceso incrementan su volumen orgánico de forma masiva hasta alcanzar los 140 micrómetros, ensanchando su estructura y desarrollando una cavidad bucal gigantesca. A partir de ese momento, el microorganismo abandona la alimentación pasiva y asume un rol de cazador implacable. Su estrategia se basa en embestir y tragar enteros a sus clones genéticos idénticos a una velocidad media de una captura cada diez minutos.
Este cambio morfológico radical funciona como una efectiva táctica de supervivencia para el conjunto, aunque conlleva serios inconvenientes físicos para el espécimen mutado. Al multiplicar su tamaño corporal, el denominado supergigante pierde por completo la agilidad necesaria para suspenderse y nadar de forma fluida. Esta pesada estructura los condena a desplazarse de manera exclusiva caminando sobre los fondos sólidos mediante trayectorias circulares.
"Se trata de una sola célula realizando una actividad que solemos asociar con el desarrollo animal", afirmó el profesor Ben T. Larson para destacar la relevancia del fenómeno. El investigador estadounidense también añadió que "La formación de supergigantes representa una compensación. Estas células se convierten en mejores cazadoras, pero peores nadadoras, cambiando su nicho trófico de alimentarse de bacterias a explotar un tipo de presa completamente diferente".
Análisis del genoma
Con el objetivo de comprender los entresijos de este mecanismo, los autores de la investigación secuenciaron el transcriptoma de estos seres en sus distintas fases de crecimiento. Las analíticas reflejaron una variación masiva en la expresión de aquellos genes encargados de la organización de la membrana y del ciclo de división celular. La mutación no dura para siempre, ya que en un plazo inferior a 24 horas los gigantes regresan a su fisonomía habitual.
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La transición de vuelta a la normalidad activa un bloque genético específico que frena temporalmente cualquier intento de generar una nueva transformación en el corto plazo. Los biólogos descubrieron además que los cultivos bajo observación desarrollaron de forma paralela unos ejemplares con morfologías aladas especiales. Estas formaciones anatómicas inéditas parecen cumplir una función de blindaje defensivo frente a las temibles fauces de los miembros más grandes.