Los cerebros de los pulpos, calamares y sepias vuelven a poner a prueba una de las ideas más repetidas sobre la evolución de la inteligencia animal. Un estudio publicado en iScience plantea que los cefalópodos, pese a ser criaturas generalmente solitarias, han desarrollado cerebros grandes por motivos que no encajan del todo con la llamada hipótesis del cerebro social.
Durante décadas, muchos biólogos han sostenido que los animales con cerebros relativamente grandes suelen pertenecer a especies con una vida social compleja. Esa explicación funciona bien en mamíferos como primates, delfines, ballenas, lobos o leones, donde los vínculos de grupo, la cooperación y la gestión de relaciones parecen haber favorecido una mayor capacidad cognitiva. Sin embargo, los pulpos recorren otro camino evolutivo.
La paradoja resulta especialmente llamativa porque los cefalópodos no destacan por formar comunidades estables ni por cuidar a sus crías durante largos periodos. Muchos viven solos, algunos muestran conductas agresivas hacia sus congéneres y, en varias especies, los adultos mueren poco después de reproducirse. Aun así, son capaces de resolver problemas, explorar entornos cambiantes, cazar presas variadas y utilizar su cuerpo flexible con una precisión difícil de comparar con la de otros invertebrados.
Una regla bajo revisión
El equipo analizó datos comparativos de 79 especies de cefalópodos y cruzó el tamaño cerebral con información sobre hábitat, ecología, comportamiento y socialidad. El resultado apunta a que el entorno, más que la vida en grupo, podría haber actuado como una presión clave en la evolución de cerebros grandes. Las especies que viven en el fondo marino y en aguas menos profundas tienden a presentar cerebros proporcionalmente mayores.
Michael Muthukrishna, investigador de la London School of Economics and Political Science y uno de los autores principales, lo explicó con una frase que cuestiona el relato clásico: "Durante décadas, la historia principal sobre por qué los cerebros se hicieron grandes ha sido social, donde cerebros más grandes evolucionan para gestionar grupos más grandes y complejos". En el caso de los cefalópodos, añade, aparece una vía alternativa: "A menudo son solitarios, de vida corta, a veces incluso caníbales, y aun así tienen cerebros grandes y comportamiento inteligente".
La propuesta se relaciona con la llamada hipótesis del cerebro cultural, que plantea que los cerebros pueden haber sido seleccionados por su capacidad para almacenar y manejar información adquirida mediante aprendizaje social o no social. Es decir, vivir en grupo puede impulsar la inteligencia, pero no tendría por qué ser la única explicación. Un entorno rico, con refugios, presas diversas y obstáculos cambiantes, también puede premiar a los animales que aprenden mejor.
El hábitat como motor
Los pulpos bentónicos, que son aquellos que habitan cerca del fondo marino, encajan bien con esta idea. Su cuerpo blando les permite introducirse en grietas, modificar su postura, coordinar brazos de forma independiente y aprovechar recursos muy distintos. Esa versatilidad exige procesar información del entorno con rapidez, recordar lugares útiles y adaptar la conducta a situaciones nuevas, aunque el animal no dependa de una estructura social compleja.
La psicóloga Jennifer Mather, de la University of Lethbridge y coautora del trabajo, resumió el alcance del hallazgo con una advertencia directa: "El dogma científico siempre necesita ser cuestionado". El estudio no niega que la vida social haya favorecido cerebros grandes en muchos linajes, pero sí muestra que los pulpos, calamares y sepias obligan a ampliar la mirada. La inteligencia animal no habría seguido una sola ruta evolutiva, sino varias, y algunas nacieron en silencio, bajo el agua y lejos de cualquier manada.