"Sé que me van a matar". Gullan Bharo mira a cámara cubierta con su dupatta y habla dándolo todo por perdido. "Por la dignidad de mi padre, voy a sacrificarme y volver con ellos".
Sus palabras fueron escuchadas por un tribunal y por las instituciones encargadas de protegerla. Aun así, dejaron que regresara a casa de su marido, del que llevaba casi tres años separada después de huir de una relación marcada por la violencia. Ella sabía que la iban a matar. Su padre sabía que la iban a matar. Los jueces sabían que la podían matar, y todo quedó grabado.
Diez días más tarde, a comienzos de mayo de 2026, estaba muerta.
Fue asesinada en Sindh, Pakistán, por su marido y un tío de este, amparados por un sistema social en el que el honor masculino sigue justificando la violencia contra las mujeres.
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Los crímenes de honor no son hechos aislados de violencia, sino parte de una forma de entender el honor, la familia y el control sobre las mujeres profundamente arraigada en muchas regiones de Pakistán, especialmente en Sindh, Baluchistán, Punjab y Khyber Pakhtunkhwa, donde las redes tribales, feudales y patriarcales continúan teniendo un peso enorme sobre la vida cotidiana. Según el informe World Report 2025 de Human Rights Watch, alrededor de mil mujeres son asesinadas cada año en Pakistán por razones vinculadas al "honor familiar", aunque activistas y organizaciones locales advierten de que la cifra real probablemente sea mucho mayor debido al secretismo y al silencio que rodean muchos de estos casos.
Pero más alarmante que las cifras es la facilidad con la que estos asesinatos continúan ocurriendo, incluso después de cada ola de indignación pública y pese a la existencia de leyes que, sobre el papel, deberían proteger a las víctimas.
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Porque Gullan Bharo sí acudió al Estado: fue a una comisaría, nombró a los hombres que después la matarían y pidió ser trasladada a un Darul Aman, uno de los refugios para mujeres en riesgo. Siguió exactamente los pasos que debía seguir para intentar salvar su vida y, sin embargo, un tribunal decidió escuchar a su padre y ordenó que regresara bajo custodia familiar.
El honor familiar pesó más, dentro de una institución del Estado, que la protección de la vida de una mujer. Y ese es uno de los grandes problemas de Pakistán: la convivencia entre un aparato legal moderno y sistemas paralelos de autoridad que continúan ejerciendo un enorme poder en numerosas partes del país.
"Ven, camina unos pasos conmigo y después me disparas"
A mediados de 2025 se viralizó un vídeo grabado en Baluchistán. En las imágenes aparecía una mujer, Bano Bibi, frente a varios hombres armados. "Ven, camina unos pasos conmigo y después me disparas", se la escuchaba decir antes de avanzar lentamente y detenerse de espaldas.
Entonces su hermano, Jalal Satakzai, le disparó varias veces hasta hacerla caer al suelo. Segundos después asesinó también a Ehsan Ullah Samalani, el hombre con el que la familia acusaba a Bano de mantener una relación.
La grabación circuló rápidamente por redes sociales y provocó protestas, condenas oficiales y una fuerte reacción social dentro y fuera de Pakistán. Las autoridades anunciaron la detención de dieciséis personas vinculadas a la familia y a la estructura tribal relacionada con el crimen. "Pero fueron las típicas detenciones que ocurren en Pakistán cuando un caso genera demasiada presión pública", explica Shahzad K., abogado de origen pakistaní exiliado en Inglaterra. "Sirven para calmar momentáneamente la crisis, pero no alteran en absoluto las estructuras que sostienen el poder de las jirgas".
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Las jirgas son consejos tribales que, pese a carecer de legitimidad jurídica, continúan ejerciendo una enorme autoridad social en distintas regiones del país. Durante años, organismos internacionales y organizaciones de derechos humanos han advertido de que estas estructuras perpetúan prácticas abiertamente contrarias a los derechos fundamentales de las mujeres. Aun así, el Estado pakistaní ha evitado enfrentarse de manera directa a ellas y ha terminado tolerando, en la práctica, tanto su funcionamiento como su capacidad para imponer castigos extrajudiciales, aunque públicamente condene su existencia.
"Tenemos que dejar de reaccionar a los crímenes de honor como si fueran episodios excepcionales", insiste Shahzad K. "Los casos que se vuelven virales generan un enorme impacto en las grandes ciudades, que suelen estar más alejadas de estas prácticas, al menos de forma visible, pero estos crímenes ocurren constantemente".
Una parte importante de los casos nunca llega a registrarse y muchas de las muertes son presentadas como enfermedades repentinas, accidentes domésticos o suicidios. "Eso no es difícil de hacer en una sociedad donde los entierros son rápidos y el acceso a la información puede bloquearse con facilidad", añade el abogado. Activistas locales llevan años advirtiendo, además, de que los mecanismos de encubrimiento son cada vez más sofisticados.
En Faisalabad, una mujer murió a manos de su marido y de su hermano menor tras ser acusada de infidelidad; posteriormente trasladaron el cadáver en un carro tirado por un burro para deshacerse de él. En Karachi, una pareja joven que se había casado contra la voluntad familiar fue ejecutada por el hermano de la mujer. En Pakpattan, Amina Bibi, madre de tres hijos, fue asesinada por su hermano después de que este cuestionara su "reputación moral". Sana Yousaf, creadora de contenido seguida por cientos de miles de personas en redes sociales, fue asesinada dentro de su propia casa por supuestamente haber manchado la imagen familiar.
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Todos estos casos tuvieron repercusión social porque hubo visibilidad: vídeos, redes sociales, cobertura mediática o presión pública. Pero la mayoría de los asesinatos nunca llegan a ocupar titulares.
"Si hubiera aceptado aquel matrimonio, aún seguiría viva"
"Mi prima se negó a casarse con mi hermano y eso hizo que ambas familias acabaran enfrentadas hasta un punto insostenible", cuenta Sania G., pakistaní residente en Kenia. "La solución fue que mi prima muriera. Yo era muy joven y no recuerdo todos los detalles; solo sé que de cara al exterior se dijo que había sido una enfermedad. Pero incluso hoy, cuando se habla de ella dentro de la familia, todavía se escucha: 'si hubiera aceptado aquel matrimonio, seguiría viva'".
Muchas niñas en Pakistán crecen entendiendo que su cuerpo, sus decisiones y su conducta no les pertenecen del todo, porque sobre ellas descansa el honor de toda la familia. "Cuando mis padres eligieron al hombre con el que me casaría, ni siquiera se me pasó por la cabeza negarme", continúa. "Llevaba muy dentro el destino de mi prima y lo que les pasa a las niñas cuando dicen que no".
El problema es que ni la presión internacional ni el escándalo mediático que acompaña a muchos de estos casos logran rozar estas estructuras de poder no estatales. Las comunidades en las que los crímenes de honor siguen siendo más frecuentes tienden a mantenerse cerradas y a resolver internamente sus conflictos, dejando muy poco margen de intervención a un sistema judicial estatal que, además, arrastra enormes debilidades.
"Si hay detenidos en casos de crímenes de honor, rara vez se consideran a sí mismos culpables", explica el abogado Shahzad K. "Muchos acusados defienden públicamente lo que hicieron porque creen que actuaron correctamente. Ahí está el verdadero problema: cuando la violencia se interioriza como una respuesta legítima para restaurar el honor, termina normalizándose. Y el hecho de que una mujer decida no casarse, elegir con quién hacerlo o simplemente cómo quiere vivir pueda convertirse en un conflicto ya dice mucho sobre el sistema del que estamos hablando".
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En las grandes ciudades, aparentemente alejadas de las zonas donde el sistema tribal mantiene un control más visible, también existen los crímenes de honor. También hay familias que sostienen ciclos de violencia legitimados en nombre de la tradición, del honor y de la reputación familiar.
"Mis padres me dijeron que la buena relación entre la familia dependía de mí, y que qué diría la gente si rechazaba a mi primo", cuenta Amna H., estudiante de medicina en Lahore, que se casó contra su voluntad con su primo hermano. "Cada vez que veo una noticia sobre una chica que murió por tener la valentía que yo no tuve, pienso que al menos ellas intentaron luchar por su libertad. Yo sigo viva, pero vivo una vida que no es mía".
Cientos de chicas mueren asesinadas cada año por intentar vivir la vida que quieren, y ni las leyes ni la respuesta judicial pueden solucionar realmente el problema mientras el poder siga descansando sobre normas sociales que asocian el "honor" con el control sobre la libertad de las mujeres. "Siendo realistas, resulta difícil imaginar una solución sostenida para este tipo de violencia en el Pakistán actual", afirma Shahzad K. "No solo por la debilidad de la legislación, sino por la incapacidad de un sistema atrapado en la ambigüedad institucional y en la convivencia permanente con estructuras paralelas de poder".
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Y mientras eso no cambie, las noticias sobre crímenes de honor seguirán repitiéndose. Seguirán muriendo mujeres, y hombres junto a ellas, por querer amar, por negarse a hacerlo o simplemente por intentar decidir sobre sus propias vidas. Seguirán creciendo generaciones enteras marcadas por el miedo al deshonor y al qué dirán. Y en ese espacio seguirá acomodándose la violencia. Habrá mujeres que no morirán, pero pasarán el resto de su vida atrapadas en matrimonios violentos. Habrá niñas entregadas como forma de saldar disputas familiares o de "restaurar" una idea de justicia construida sobre sus cuerpos.
"Se escribirán noticias sobre lo que nos pasa, y los políticos dirán que es un horror, y las mujeres libres de este sistema saldrán a manifestarse en las grandes ciudades", dice Amna. "Y al final solo será otra noticia más, otra promesa vacía, otra protesta. El ‘sé que me va a matar’ de Gullan Bharo es el día a día de muchas de nosotras."