Te cuento algo curioso: los robots limpiacristales eran una de las pocas categorías de la limpieza inteligente a las que todavía no les había hincado el diente. Y, para qué engañarte, tampoco tenía ninguna prisa por hacerlo. Todo lo que había leído sobre estos cacharros a lo largo de los años era más bien desfavorable: que si dejaban cercos, que si se quedaban a medias, que si daban más trabajo del que quitaban…

Sospecho que buena parte de aquella mala fama venía de unas primeras generaciones que estaban aún muy verdes —como todo cacharro que se precie—, pero el caso es que el poso quedó hasta el punto de que cuando el Dreame C1 Station y el Ecovacs Winbot Mini aterrizaron en casa, no daba un duro por ninguno de los dos.

Pero, oye, qué gusto da equivocarme así. Porque la sorpresa —buena— ha sido directamente proporcional a lo poco que esperaba de ellos. Estas semanas de prueba no solo me han servido para comparar dos aparatos que no podrían ser más distintos entre sí, sino para descubrir en qué punto está hoy una categoría que, ya te adelanto, está más avanzada de lo que pensaba.

La pregunta del millón, eso sí, sigue siendo otra: ¿le compensa esto a alguien que viva en un piso normal, con ventanas normales? Vayamos por partes.

La primera vez que sueltas un robot en tu ventana

Como te decía, esta era mi primera vez con un cacharro de esta clase, así que déjame contarte lo que a mí nadie me contó. La puesta a punto, para empezar, es rápida y sorprendentemente similar a la de un robot aspirador: descargas la app a través de su código QR, vinculas el robot y a funcionar. En cinco minutos tienes a cualquiera de los dos operativos, sin manuales farragosos ni configuraciones imposibles.

El Winbot Mini en plena acción. (Carlos Martínez)

La diferencia está en lo que viene después, porque aquí el robot no rueda plácidamente por el suelo: se pega a una superficie vertical y se queda ahí, desafiando la gravedad, mientras tú lo observas con una curiosa mezcla de fascinación y miedo. Confieso que las primeras veces no le quitaba ojo —por mucho cordón de seguridad que traigan ambos, que lo traen—, pero una se acostumbra sorprendentemente rápido a verlos hacer sus pasadas con esa parsimonia hipnótica, apurando bordes como quien no quiere la cosa.

Y sí, funcionan. Vaya si funcionan: el acabado que dejan los dos mejora el que consigo yo a mano, sin cercos ni churretes a contraluz —quien te diga lo contrario, probablemente se quedó en aquellas primeras generaciones que tan mala prensa dejaron—.

Dreame C1 Station

Lo primero que hizo el Dreame C1 Station al llegar a casa fue asustarme. No exagero: el volumen y el peso de la caja eran tales que llegué a pensar que se habían confundido en el envío y me habían mandado uno de sus robots aspiradores —spoiler: no—. Y es que este limpiacristales viene con su propia estación y eso, como te puedes imaginar, ocupa espacio.

Pero una vez superado el sofoco en mi recibidor, la primera sorpresa es de las buenas: el nivel de cuidado estético de este equipo es tremendo. Y me ha gustado especialmente porque no es un producto del que una espere, de primeras, semejante esmero. Al fin y al cabo, hablamos de un aparato destinado a pegarse a una ventana y limpiar, no de un objeto de diseño para presumir en el salón. Pues Dreame ha decidido que ambas cosas no están reñidas, y se agradece.

La estación del robot de Dreame. (Carlos Martínez

El conjunto se va a los 7,6 kilos y la estación abulta lo que abulta —325 x 231 x 350 milímetros, para que te hagas una idea—, de forma que te aviso ya: vas a tener que buscarle un buen hueco en casa. Tenlo en cuenta antes de comprarlo, porque no es un cacharro que se esconda en cualquier cajón, y de hecho, sus dimensiones te llevarán a una pregunta inevitable: ¿de verdad necesito yo esto para limpiar cristales? Pues resulta que, una vez lo usas, cobra todo el sentido del mundo.

Todo se centraliza aquí. (Carlos Martínez)

Para empezar, es el sitio perfecto para tener todo guardado y centralizado: el robot, el cable, los accesorios y el líquido limpiador conviven ahí dentro sin que tengas que ir recopilando piezas por los armarios.

Pero su verdadera gracia —y posiblemente el elemento más diferenciador de este equipo frente a la competencia— es que la estación funciona como fuente de energía. En su interior monta una batería de 7.800 mAh que da para unos 180 minutos de funcionamiento, suficientes, según el fabricante, para cubrir en torno a 90 metros cuadrados de cristal con una sola carga.

En mi experiencia, esa cifra da un margen bastante holgado para cualquier sesión de limpieza doméstica razonable. Además, el sistema se guarda un as en la manga: una reserva de succión de seguridad de 30 minutos extra para cuando la batería empieza a flojear, de forma que el robot nunca se queda pegado al cristal sin avisar. Y si lo prefieres, también puedes usarlo enchufado a la corriente de toda la vida, claro, a través de un cable de alimentación de 1,8 metros.

Por esa zona lateral se dispersa el líquido jabonoso. (Carlos Martínez)

¿Otro detalle curioso? El cable. El robot va unido a la estación mediante un cable compuesto de 5,5 metros —bastante largo, por cierto, lo que se agradece cuando toca llegar a ventanas altas— y, al acabar, basta con presionar un botón para que la estación lo recoja solita. Es una tontería, lo sé, pero es una tontería fantástica y comodísima que te ahorra el clásico enrollado a mano con el que el cable siempre acaba hecho un lío.

En el cristal, el C1 Station funciona increíblemente bien. El robot ejerce una succión constante de 3.300 pascales (aunque el motor puede alcanzar un máximo de 5.500 pascales con compensación de presión), se agarra a la superficie con una ventosa que soporta hasta 800 newtons y, por si acaso, incluye cordón de seguridad. Traducción en castellano: no se cae, y si un día decidiera precipitarse de la vida, está atado. Una vez pegado, recorre el cristal trazando sus pasadas con una precisión metódica y apurando bordes y esquinas, para las que incluye incluso unos cepillos giratorios pensados específicamente para ellas.

Con una asa imitando piel. Detalles del robot de Dreame. (Carlos Martínez)

Para la limpieza, el robot pulveriza el jabón sobre el cristal de forma automática desde un depósito de 80 mililitros que da para una hora aproximada de limpieza continua. En la caja viene incluido un bote de 230 mililitros de su solución limpiacristales dedicada, suficiente para bastantes sesiones antes de tener que pasar por caja de nuevo. El recambio oficial, por cierto, cuesta unos 25 euros el litro. Barato no es.

Dreame C1 Station. (Carlos Martínez)

¿Y la app? Dreamehome, la misma que usan sus robots aspiradores, va bien y es relativamente intuitiva, aunque te confieso que hay que familiarizarse un poco con ella: no deja de ser un campo nuevo esto del mundillo de los cristales, y una tarda en interiorizar qué modo conviene a cada superficie. En este caso concreto, nos encontramos con cinco modos de limpieza —completa, profunda o rápida, bordes, limpieza por zonas y control remoto manual—, de los cuales tres pueden activarse directamente desde los botones de la estación, sin tocar el móvil. Un detalle muy de agradecer cuando lo único que quieres es sacar, limpiar y guardar.

Ecovacs Winbot Mini

Justo después del C1 Station, Winbot Mini de Ecovacs llamó a mi puerta, y el contraste no pudo ser mayor. Si el de Dreame llega a casa ocupando media entrada, el equipo de Ecovacs cabe en una balda: 21,5 centímetros de lado, 5,5 de grosor y apenas 1,3 kilos de peso. Aquí no hay estación ni batería; hay un robot, su cable de 4,7 metros y poco más. Y oye, se agradece muchísimo, tanto a la hora de usarlo —es tremendamente manejable, de los que coges con una mano y colocas en el cristal sin pensártelo dos veces— como, sobre todo, a la de guardarlo. Al Dreame hay que buscarle un buen sitio en casa; este encuentra hueco rápidamente en prácticamente cualquier sitio.

En lo estético, eso sí, sale perdiendo en la comparación con el Dreame. Y ojo, que no es ni mucho menos feo ni está mal acabado: es simplemente que el C1 Station juega en otra liga de diseño y, puestos uno al lado del otro, se nota quién ha mimado más ese apartado.

La diferencia de tamaño es evidente. (Carlos Martínez)

Pero dejemos a un lado lo estético (que aquí importa bastante menos) y metámonos de lleno en su funcionamiento. Aunque su tamaño podría engañarte, lo cierto es que, en el cristal, el Winbot Mini funciona a las mil maravillas. Su sistema de navegación, bautizado como WIN-SLAM 3.0, planifica las rutas con soltura y presume de cubrir hasta el 99,5% de la superficie, algo que en mi experiencia se ha traducido en unos bordes sorprendentemente bien apurados.

Cuenta con un pulverizador ultrasónico de boquillas dobles que reparte el líquido en una niebla finísima que ni gotea ni encharca —uno de esos detalles tontos que no aprecias hasta que ves el resultado— y su succión trabaja a 3.200 pascales, con picos de hasta 7.500 cuando la superficie lo requiere. Es ligeramente más ruidoso que el Dreame, todo sea dicho, pero poco: nada que vaya a amargarte la sesión de limpieza.

Winbot Mini de Ecovacs de cerca. (Carlos Martínez)

Su formato compacto, además, tiene una ventaja añadida que conviene no pasar por alto: se lleva de maravilla con ventanas más pequeñas y con marco, un terreno donde los robots más voluminosos ni siquiera caben. En seguridad tampoco se queda corto, con un sistema de protección que incluye cuerda de seguridad de 3,3 metros y una reserva de energía que lo mantiene pegado al cristal más de media hora si se corta la luz.

En la caja del Winbot Mini también viene un bote de 230 mililitros de solución limpiadora dedicada, aunque el depósito interno del aparato es algo más pequeño que el del Dreame, de 60 mililitros. En la práctica, en ambos casos te olvidas de rellenar durante varias sesiones, así que no es tampoco una desventaja relevante.

El robot Ecovacs Winbot Mini. (Carlos Martínez)

La aplicación de Ecovacs es menos bonita que la de Dreame —más sencilla, digamos—, pero su funcionalidad es muy similar en lo esencial. Eso sí, hay diferencias de planteamiento que conviene conocer. La primera: el Winbot Mini se conecta al móvil por Bluetooth, no por Wifi, con lo que tendrás que estar relativamente cerca del robot para manejarlo (nada grave, tampoco es que una se vaya al bar mientras el robot limpia… ¿o sí?). La segunda ofrece tres modos de limpieza —rápida, profunda y localizada— frente a los cinco del Dreame, y prescinde de florituras como la limpieza por zonas. No cabe duda de que la app de Ecovacs cumple de sobra para el día a día, pero digamos que la de Dreame da más juego a quien quiera afinar.

¿Te los compras?

Y llegamos a la pregunta incómoda. Porque una cosa es que funcionen —y funcionan, los dos, francamente bien— y otra muy distinta es que los necesites. Esto, ojo, vale para cualquier robot limpiacristales, sea de la marca que sea: la apuesta por esta categoría se decide indudablemente según tus metros cuadrados de cristal.

Y es que el proceso de montar, colocar, dejar hacer y recoger no es tedioso, pero tiene su liturgia. Y en el tiempo que inviertes en preparar y plantear cualquiera de estos robots, has pasado la mopa manualmente dos veces por una ventana o puerta de cristal de tamaño habitual. Esta es la cuestión que, en mi opinión, decide esta compra.

Zona inferior de los robots con sus mopas de limpieza. (Carlos Martínez)

Por eso el Dreame C1 Station, con sus 599 euros de etiqueta —aunque ya se deja ver con descuentos, y existe una versión sin estación, el C1 a secas, por 399 euros—, es indudablemente un producto para ventanales muy grandes. Si vives en una casa con cristaleras generosas, galerías acristaladas o esas ventanas de suelo a techo que tan bien quedan en los reels de Instagram y tan mal se llevan con el trapo, aquí el robot amortiza cada euro: lo montas, lo dejas hacer sus 90 metros cuadrados por carga y a otra cosa. Para un piso con ventanas convencionales, en cambio, me cuesta mucho justificarte el desembolso, por mucho que me guste el aparato.

El Winbot Mini, por su parte, se encuentra ya por unos 199 euros (su precio oficial son 219 euros) y podría ser el más adecuado para tamaños más convencionales, además de ser infinitamente más fácil de guardar. Pero incluso así, te digo lo mismo: salvo que la superficie acristalada de tu casa sea considerable, la cuenta sigue sin salir. Si tienes dos ventanas y una puerta de terraza, este robot te va a dar más jaleo que servicio.

¿Y si lo tuyo son un par de cristales de toda la vida? Entonces, olvídate de esta clase de robots y pon el ojo hacia soluciones más terrenales, como el clásico limpiacristales de aspiración de Kärcher, que por unos 57 euros aspira el agua sucia del cristal y te deja el vidrio sin cercos con mucho menos aparato, sin ni siquiera preocuparte de cables ni mosquetones de seguridad.

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