Los eclipses no pueden producirse en cualquier momento del año. Aunque la Luna completa una órbita alrededor de la Tierra aproximadamente cada 27,3 días, su trayectoria está inclinada unos 5 grados respecto al plano de la eclíptica, que es el plano de la órbita terrestre alrededor del Sol. Esa diferencia impide que Sol, Tierra y Luna queden perfectamente alineados cada mes.
Los puntos en los que la órbita lunar cruza ese plano reciben el nombre de nodos lunares. Es precisamente alrededor de esos puntos cuando se dan las condiciones necesarias para que pueda producirse un eclipse, ya sea solar o lunar, dependiendo de la fase en la que se encuentre la Luna.
Por eso, los astrónomos hablan de una “temporada de eclipses”, un periodo de aproximadamente 35 días alrededor de cada nodo lunar durante el cual existe la posibilidad de que se produzca uno de estos fenómenos. Estas ventanas se repiten, por lo general, dos veces al año.
Durante una luna nueva, si la alineación es la adecuada, la Luna puede situarse entre la Tierra y el Sol y provocar un eclipse solar total, parcial o anular. En cambio, durante una luna llena, puede ser la Tierra la que se interponga entre el Sol y la Luna, dando lugar a un eclipse lunar.
En una temporada de eclipses suele producirse un eclipse solar y otro lunar, aunque algunas veces puede haber un tercero. Esto ocurre porque esos 35 días duran algo más que una órbita completa de la Luna alrededor de la Tierra.
La clave, por tanto, está en la geometría. Los eclipses solo pueden ocurrir cuando la Luna se encuentra cerca de uno de sus nodos y coincide además con la fase adecuada. Esa es la razón por la que estos fenómenos no se repiten todos los meses y por la que pueden predecirse con gran precisión.