La lavanda en maceta puede parecer una planta fácil de cuidar por su resistencia al calor y a la sequía, pero pequeños errores pueden debilitarla con rapidez. Los dos más habituales son regar demasiado y colocarla en un espacio con pocas horas de sol directo, una combinación que favorece el deterioro de las raíces y reduce la floración.
El primer problema suele ser el exceso de agua. Aunque cuando una lavanda empieza a secarse puede parecer que necesita más riego, esta planta tolera mejor una sequía corta que un sustrato constantemente húmedo. En maceta, si el drenaje es deficiente o la tierra está compactada, las raíces pueden permanecer mojadas demasiado tiempo y acabar pudriéndose.
La segunda causa frecuente es la falta de luz. La lavanda necesita entre seis y ocho horas diarias de sol directo para crecer de forma compacta y florecer correctamente. Cuando recibe poca luz, los tallos pueden alargarse, debilitarse y perder vigor. En zonas de calor extremo puede agradecer algo de sombra al final de la tarde, pero no conviene mantenerla en semisombra durante todo el día.
El sustrato también resulta fundamental. Lo ideal es utilizar una mezcla que drene rápidamente y conserve aire entre sus partículas. Una opción es combinar un 60% de sustrato universal con un 40% de perlita, piedra pómez o gravilla fina. Además, la maceta debe contar con agujeros suficientes para que el agua pueda salir sin acumularse alrededor de las raíces.
En cuanto al riego, no existe un calendario fijo. Lo recomendable es regar a fondo y esperar a que el sustrato se seque completamente antes de volver a hacerlo. La frecuencia dependerá de factores como el calor, el viento, la lluvia o el material de la maceta, por lo que conviene comprobar siempre la humedad antes de añadir más agua.
Si las hojas empiezan a amarillear y la base se oscurece, puede haber un problema de exceso de humedad o drenaje. En cambio, unas hojas secas y crujientes junto a un sustrato completamente seco pueden indicar falta de agua. Mantener mucho sol, riegos espaciados, un sustrato aireado y poco fertilizante ayuda a que la lavanda se mantenga compacta, aromática y con una floración más abundante.