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La autoexigencia y la relación con los padres no siempre se entienden mirando únicamente las notas, los logros o las expectativas familiares. También importa qué ocurría en casa cuando un hijo proponía un plan o quería probar algo nuevo. La psicóloga Lucía García ha dedicado una reflexión en sus redes sociales a esas conversaciones cotidianas y a la huella que pueden dejar en nuestra manera de decidir.
Las advertencias forman parte de la crianza, pero su presencia constante merece atención. García pone el foco en una dinámica que puede pasar más desapercibida que las demandas explícitas: «Hablamos mucho de cómo los padres exigentes pueden hacer que terminemos siendo personas autoexigentes pero poco se habla de aquellos padres que se relacionan desde el miedo. Padres temerosos donde cada vez que ibas a contarle algo que querías hacer, probar, intentar, la respuesta que había es un '¿y si pasa algo? o es que el otro día el vecino mira que lo intentó, he visto una noticia».
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El problema aparece cuando esa preocupación empieza a condicionar la iniciativa de los hijos. La intención del adulto y lo que el niño acaba incorporando no siempre coinciden, como explica la psicóloga en sus redes: «Con este tipo de respuestas intentan protegernos pero terminan también limitándonos. Y es que crecer constantemente escuchando todo lo que puede salir mal puede hacer que terminemos aprendiendo que antes de hacer cualquier cosa tenemos que anticipar todos los riesgos».
Con los años, ese aprendizaje puede acompañar decisiones que ya se toman lejos del entorno familiar. No hace falta que alguien haya pedido resultados impecables para sentir que cualquier imprevisto supone una amenaza: «Ahí es donde el miedo puede volverse necesidad de control, de tenerlo todo previsto, tener presente todos los escenarios posibles, asegurarte de que estás tomando la decisión correcta. Quizás nadie te exigió explícitamente que tenías que hacerlo todo perfecto pero sí que aprendimos que estar a salvo significa que todo salga según lo previsto».
@luciagarcia.psicologia No todos los padres que fomentan la autoexigencia son exigentes. A veces, crecemos aprendiendo a tener miedo, a anticipar todo lo que puede salir mal y a necesitar tenerlo todo bajo control. Y quizá nuestros padres solo intentaban protegernos, pero acabamos aprendiendo que, para estar a salvo, tenemos que preverlo todo. Comprender de dónde viene nuestra forma de relacionarnos con el miedo es el primer paso para aprender a hacerlo de otra manera. #autoexigencia #exigencia #autocuidado ♬ sonido original - luciagarcia.psicologia
Desde esa perspectiva, abordar la autoexigencia implica revisar qué esperamos que ocurra cuando damos un paso sin conocer el resultado. García propone en su publicación ampliar el trabajo más allá de rebajar las demandas personales: «Por eso trabajar la autoexigencia no es solo aprender a autoexigirnos menos sino también a exponernos y a tomar decisiones sin tener todo garantizado ni asegurado».
La reflexión termina con una forma distinta de interpretar la incertidumbre. Se trata de dejar espacio al error y de reconocer la emoción sin convertirla automáticamente en una señal de peligro: «Equivocarte sin que sea una catástrofe, actuar sin tener que todo absolutamente controlado. No necesitamos dejar de tener miedo para aprender a vivir. Necesitas aprender que tener miedo no significa que algo vaya a estar mal».